LA GENERACIÓN PERDIDA HABLA

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Todo el mundo habla de nosotras, de nosotros, de la JUVENTUD. Nos apodan como la generación perdida, nos dicen que somos ninis, que ni estudiamos ni trabajamos, que somos una generación aletargada que lo hemos tenido todo y no sabemos luchar por nada; también recibimos reproches ante una supuesta falta de participación e implicación en causas políticas y sociales, así como permanentes alusiones a nuestros problemas con los consumos y la irresponsable vida sexual que vivimos… Pues bien, cansadas de tanta falacia, sobregeneralización, tanto prejuicio hacía nosotras/os, os diremos lo que sentimos nosotras, lo que vivimos bajo nuestra piel como mujeres jóvenes feministas. Entendemos que cuando dicen que no participamos, se refieren a que no lo hacemos como el poder nos dicta, en los espacios que el sistema permite ni con el contenido y mensajes que el poder desea, porque lo cierto es que muchas estamos participando, estamos hablando, estamos creando y organizando lo cual les genera miedo e incomodidad.

Sí, así es, cuando hablamos percibimos rechazo, incomodidad y cierto miedo a que contemos lo que sentimos, así como pavor a nuestros planteamientos, propuestas ciudadanas y ansias de cambio… La clase política dice en sus discursos querer ayudarnos y generar empleo juvenil, pero sin embargo soportamos una tasa de desempleo del 60% y una cada vez mayor explotación laboral. Cuando hablan de empleo juvenil, la mayoría queda en palabras vacías y la otra parte se materializa en creación mano de obra barata; lo sabemos porque lo sufrimos, lo llaman contratos en prácticas, becas de primer empleo, minijobs, planes de empleo joven, pero todo ello son empleos en condiciones indignas y de explotación en donde nos utilizan para que produzcamos a bajo coste. Muchas de nosotras trabajamos sin contrato, muchas, en empleos esporádicos, de cuidadoras, en la hostelería, en el sector servicios, o con contratos basura con categorías inferiores a la correspondiente… muchas jóvenes pasamos etapas decisivas de nuestra vida en desempleo con los costes en la salud psicológica que eso supone. Todo ello sumado al estigma social de ser vagas y maleantes

Si antes muchas de nuestras abuelas no pudieron vivir la libertad de gestionar su propio dinero,  viajar ni muchos menos independizarse en su propia vivienda, muchas de nosotras en 2.014 tampoco lo estamos pudiendo hacer porque, contando en nuestro haber con carreras universitarias y habiendo hecho muchos esfuerzos y méritos, no encontramos empleo digno para mantenernos e independizarnos de nuestro hogar de origen.

Por si fuese poco la precariedad económica (recordamos que en la actualidad, el 90% de la riqueza mundial está en manos de hombres), a esto las mujeres jóvenes tenemos que sumar muchas más lindezas, como son el resto de discriminaciones que nos vienen dadas por nuestro género, entre las que están ganar menos que los chicos realizando los mismos trabajos, discriminaciones laborales por  cuestiones en torno a la maternidad, tratos vejatorios por parte de algunos medios de comunicación y ahora la negación de un derecho básico, el decidir sobre nuestro cuerpo y poder abortar. Si, así es, la caverna eclesiástica y conservadora la ha tomado con nosotras, además de ser vagas también somos asesinas, dice que estamos asesinando, atentando contra la vida, matando niñas y niños e incluso nos señalan como responsables de lo que denominan un holocausto silencioso. Como lo oyen, holocausto.  Esta casta que lleva décadas siendo cómplice y responsable de masacres contra comunidades, haciendo terrorismo de estado por cuestiones de “paz”, nos acusa de asesinas genocidas. Esto nos ofende, nos ofende el insulto y el tratamiento que recibimos como enajenadas sin capacidad de determinación, nos indigna que nos quieran obligar a parir y a cuidar hijos/as no deseados, esos mismos que nunca lo hicieron, que nunca parieron, esos mismos curas que nunca han tenido hijos y otros muchos hombres que aun teniéndolos, nunca supieron lo que supone cuidarlos y educarlos porque ya tenían doblegadas a las mujeres para hacerlo. Dice el artífice de la ley, Gallardón, que nos quiere proteger de la violencia estructural y la curiosa formula que ha encontrado, es obligarnos a gestar y dar a luz niños y niñas no deseados, incluso con malformación fetal grave. Sí, de hecho en un momento se atrevió a declarar que él tendría a un hijo con malformación fetal sin problema alguno. La situación es para cabrearse, no nos digan…Y nosotras tenemos una pregunta para el ¿Quién cuidaría a ese supuesto niño/a de Gallardón con todos los cuidados que requiere? ¿Día a día, con todas sus noches? ¿La misma que cuidó a sus otros hijos/as mientras el desarrollaba su carrera política? ¿El servicio con el que cuenta? Sabemos la respuesta pero ¿Y si toda esa carga de cuidado fuese hacía él? ¿Lo tendría? La respuesta es evidente, si ellos fuese los que cuidasen, los que viesen mermada su carrera profesional por cuidar a sus hijos/as, tocada su salud por lo que supone el desgaste del cuidado y empobrecidos por la expulsión del mercado laboral, si todas estas consecuencias que hoy radican sobre el género femenino fuesen sobre el género masculino, el aborto sí sería sagrado como manifestaron las Femen, no habría supuestos ni restricciones. Por todo ello, Gallardón lo sabemos, las mujeres jóvenes lo tenemos claro, no nos engañas, no estáis defendiendo la vida, defendéis el sistema patriarcal que busca controlar nuestros cuerpos, os da miedo que hagamos huelga de úteros y dejemos de engendrar mano de obra barata con la que os enriquecéis tú y tus amigos/as, os da pavor que no podáis meter mano sobre el control de la natalidad, pero lo tenemos claro, el control de la reproducción es nuestro y lo vamos a luchar fervientemente.

Asimismo, teniendo dificultades para emanciparnos, desarrollarnos laboralmente, sufriendo todavía en la actualidad complejos problemas con nuestros compañeros que distan de ser igualitarios en muchas ocasiones y estando a punto de perder nuestro derecho a un aborto gratuito y seguro… estamos activas, fuertes y bravas para reivindicar, para luchar, participar, transgredir y transformar este sistema que nos ofrece un presente precario y un futuro muy negro y desigual que no estamos dispuestas a aceptar con sumisión ni resignación.

 

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